–          EL POETA.- ¡apártate de mí y busca otro esclavo! Veo que para complacerte, debe el poeta con toda la alegría de su corazón renunciar locamente a su primer derecho, al derecho de ser hombre.

–          MEFISTÓFELES.- No, maestro, todo ahí abajo me parece detestable. Me aplaudo de los hombres en sus días de miseria; pobres diablos, me apenan a tal grado que ni valor tengo de darles tormentos.

–          FAUSTO.- Es inútil que pienses en eso si no estas poseído de un verdadero sentimiento, si no haces surgir del fondo de tu alma el entusiasmo que ha de conmover y arrebatar los corazones de los espectadores.

–          FAUSTO.- ¡Feliz en que espera aún sobrenadar en este océano de errores! Siempre se requiere de aquello que se ignora, y nunca podemos hacer uso de lo que sabemos. Pero, ¿Por qué turbar con tristes recuerdos la grata alegría de esta hora?

–          EL ESTUDIANTE.- Mucho deseo colgarme de su cuello, pero enséñame la forma de lograrlo.

–          “Abre tus cerrojos sin hacer ruido, que tu amante te espera muerto de frio.”

–          FAUSTO.- Pero dime, ¿a que viene todo esto? Se lo que son esa farsa, y esta insípida parodia, por lo que me inspiran horror.

–          MEFISTÓFELES.- ¡Como ha de ser! El deber, los necios, todo nos lleva a ello. ¡si viera con cuanto dolor dejamos ciertos lugares! Y sin embargo, sabemos muy bien que podríamos establecernos ahí.

–          MARGARITA.- Piensa en mi un momento, ya que no me faltara tiempo a mi para pensar en usted.

–          FAUSTO.- No, estoy a su lado; pero aunque estuviera lejos, no podría nunca apartarla de mi mente; no podría perderla. Nunca deseo tanto el cuerpo del Señor como cuando sus labios le tocan.

–          UN GENERAL.- Los pueblos son como las mujeres;  por más que se haga por ellos, siempre prefiere la juventud.

–          TITANIA.- Para evitar que el capricho y el mal humor interrumpan la dulce paz que debe reinar el matrimonio, debe el hombre vivir en el medio día y la mujer en el norte.

–          MARGARITA.- ¡Que es eso! ¿No puedes ya abrazarme? ¿Sera posible, amor, que en tan poco tiempo hayas perdido ya la costumbre de abrazarme? ¿A que vienen la inquietud que siento en tus brazos, cuando antes bastaba la menor de mis palabras o una de tus miradas para convertir mi espíritu en cielo? ¡Abrázame que si no, yo lo haré!

–          ¡Cielos! Tu labio esta mudo y frio. ¿Qué paso con tu amor? ¿Quién me lo ha robado?

–          FAUSTO.- El espíritu no mirara ni adelante ni atrás; solo al futuro.

–          ELENA.- Me parece estar a la vez tan cerca y tan lejos, que sin parar repito: ¡Estoy ahí y aquí!

–          MEFISTÓFELES.- ¿Ambicionas la gloria? Bien se conoce el roce con las heroínas.

–          EL EMPERADOR.- El egoísta nunca actúa por el reconocimiento, la simpatía, el deber o el honor, si tan solo por el interés propio.

 

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